CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES

Secretos de una joya del Museo de La Plata: científicos del CONICET dataron con precisión la piel momificada de un perezoso gigante

Aunque está exhibición desde hace tiempo, su antigüedad era dudosa. Un nuevo estudio indica que vivió hace 13 mil años y coexistió con los primeros humanos de América del Sur


Ilustración de un milodonte, por Néstor Toledo. FOTOS: Gentileza investigadores.
El trozo de piel momificada.
Primer plano de la piel momificada de milodonte.
Leandro Pérez junto a la vitrina en que se exhibe la piel.

Producto de una expedición científica organizada en 1899 por el Museo de La Plata (UNLP), llegó a sus colecciones la piel momificada de un milodonte, un género extinto de animales que habitó durante el Pleistoceno, época que abarca desde aproximadamente 2 millones y medio hasta 10 mil años atrás. Exhibido hasta hoy en una de las salas, el material es un verdadero tesoro teniendo en cuenta su sorprendente grado de conservación: aún tiene pelos y partes blandas. Luego de amplias discusiones acerca de su antigüedad, el recorte de cuero perdió algo de interés paleontológico, hasta que recientemente un grupo de expertos retomó su estudio y volvió a datarlo, esta vez con sofisticadas técnicas que no dejaron lugar a dudas: el dueño de ese tejido vivió hace unos 13.200 años. La novedad acaba de publicarse en la revista Quaternary Science Reviews.

El perezoso gigante –forma común de llamar a este género– fue uno de los animales terrestres de mayor tamaño de América del Sur, con un peso de más de 1 tonelada y 3 metros de longitud. Tenía enormes garras y andaba en cuatro patas, aunque se piensa que podía adoptar la posición bípeda. De hábitos herbívoros, formó parte de la megafauna sudamericana, como se conoce a los grandes mamíferos que coparon esta parte del planeta. La piel de la que habla el artículo fue encontrada en la Cueva del Milodón, una formación natural ubicada al sur de Chile explorada a fines del siglo XIX con incontables restos paleontológicos en su interior, e incluso evidencia de actividad humana. Como en ese momento se estaban estableciendo los límites geográficos con nuestro país, su dominio no estaba claro, y eso permitió que expediciones de distinta procedencia recolectaran materiales. Cuenta la historia que cuando algunos restos llegaron a ojos del naturalista argentino Florentino Ameghino, este aseguró que pertenecía a una especie viviente, lo cual desató una verdadera fiebre por encontrar un ejemplar vivo, algo que por supuesto no sucedió.

“La piel es realmente llamativa: tiene un centímetro y medio de espesor con pelos largos de color amarillo rojizo y es dura como la madera. En lo que sería el interior, está tapizada por un montón de huesos pequeños que forman como una armadura, propia de algunas especies de perezosos fósiles”, explica Néstor Toledo, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP) y uno de los autores del trabajo. Datada en 1974 con resultados dudosos, el equipo de científicos volvió a mandar una muestra al mismo laboratorio de radiocarbono –método para determinar la edad de materiales que contienen carbono– que había realizado el análisis anterior, en Estados Unidos. Esta vez, arrojó una antigüedad superior a los 13 mil años. A su vez, 11.300 años fue lo que mostró un fragmento de hueso del cráneo procedente de la misma cueva que los autores enviaron a medir a un laboratorio argentino, igual antigüedad que se le asigna a dos punzones, herramientas de hueso talladas por el humano, encontrados junto al cuero del animal, según consta en los reportes originales del hallazgo.

El trabajo de los especialistas también incluyó el registro de dos omóplatos de perezoso, uno de ellos perteneciente a la colección local y el otro a la del museo de ciencias naturales de Zúrich. Como valor agregado, estas piezas óseas, que cuentan con un fechado de entre 12 y 13 mil años, tienen marcas de corte realizadas por herramientas y otras de arrastre por el suelo. “Constituye una evidencia indirecta de la presencia humana que por supuesto hay que seguir estudiando, pero es una prueba indiscutible de convivencia con el ser humano y, de comprobarse, sería una de las más antiguas de América del Sur”, señala Leandro M. Pérez, investigador del CONICET en la FCNyM y primer autor de la publicación. Esta cuestión cobra un interés especial teniendo en cuenta el debate sobre la coexistencia o no de esta fauna con los primeros pobladores.

Además de las nuevas edades obtenidas, la investigación de los expertos del museo incluye una revisión exhaustiva de todos los fechados de restos asignados a milodontes encontrados en la misma cueva que constan en la literatura científica. Comenzando por el primero de ellos, realizado en 1951 por Williard Libby, nada menos que el ganador del Premio Nobel de Química en 1960 y creador del método por radiocarbono, verificaron un total de 36 registros, descartando aquellos que resultaran fallidos o inciertos. “Nos tomamos el monumental trabajo de buscar cada dato publicado, rastrear la muestra a la que alude y llamar al laboratorio encargado de la datación para ir trazando una correspondencia entre las referencias. Encontramos algunos errores y dejamos solo aquellos valores históricos confiables”, detalla Pérez, y agrega: “No es que antes se trabajara mal, sino que no existían los protocolos que hay hoy. No se sabía de la importancia de incluir una foto o un dibujo del material o de asignarle un número de catálogo en la colección, por ejemplo”.

Como reflexión final, los investigadores destacan dos valores importantes del trabajo. “Por un lado, el interés a nivel climatológico teniendo en cuenta que fue una época de glaciaciones intermitentes, con condiciones durísimas debido al frío y la cantidad de hielo, en la que sin embargo esa cueva estuvo habitada de manera continuada al menos durante mil años, de acuerdo a nuestra revisión bibliográfica. En ese sentido, despierta infinidad de preguntas acerca de cómo pudo haber evolucionado esa fauna, que en el caso de los perezosos eran gigantes y lanudos, mientras que sus parientes actuales son pequeños y viven colgados de los árboles en las selvas tropicales”, argumenta Toledo. A su tiempo, Pérez alude a la segunda cuestión relevante, relacionada a “la importancia de valorar el patrimonio que tenemos y la forma de trabajar de los naturalistas de entonces, que viajaban a lugares lejanos y hostiles sin saber siquiera si regresarían con vida. Muchos museos del mundo tienen piezas de este sitio porque las compraron a coleccionistas, pero en cambio son muy pocos los que, como el nuestro, tienen materiales recuperados en expediciones científicas organizadas y comandadas por investigadores de la institución”.

Momificación: ¿sí o no?

Aunque se habla de piel “momificada”, la realidad es que no se sabe si el término aplica exactamente a la condición de conservación que evidencia el famoso cuero de perezoso. “No es como uno podría imaginarse una momia inca o egipcia, sometida a una serie de tratamientos adrede para preservarla de ese modo. Aquí no hubo deshidratación porque la cueva es terriblemente fría y húmeda, y tampoco fue por congelamiento. Lo que tuvo lugar fue un proceso más complejo para el cual ahora mismo estamos realizando análisis químicos de unas fundas de microcristales que recubren cada pelo, y que vimos por microscopía electrónica”, describen los autores, que hablan de una suerte de “curtido natural”. El material estaba sepultado bajo una gruesa capa de estiércol de un metro de grosor, compactado y sin oxígeno. “Pensamos que los excrementos produjeron la liberación de taninos, compuestos químico que precisamente se utilizan para curtir cueros, y eso desató el procedimiento de manera espontánea”, concluyen los expertos.

Por Mercedes Benialgo

 Referencia bibliográfica:

Leandro M.Pérez, Néstor Toledo, Florencia Mari, Ignacio Echeverría, Eduardo P. Tonni, Marcelo J.Toledo. Quaternary Science Reviews. Radiocarbon dates of fossil record assigned to mylodontids (Xenarthra - Folivora) found in Cueva del Milodón, Chile. DOI: https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2020.106695.

Sobre investigación:

Leandro. M. Pérez. Investigador adjunto. FCNyM, UNLP.

Néstor Toledo. Investigador adjunto. FCNyM, UNLP.

Florencia Mari. Profesional Principal. LATYR, CIG.

Ignacio Echevarría. LATYR, CIG.

Eduardo P. Tonni. FCNyM, UNLP.

Marcelo J. Toledo. IGEBA, UBA.