CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES

Revelan que la presencia o ausencia de parásitos en dos especies de peces depende de las características de los charcos que habitan

Un equipo del CONICET La Plata participó de un estudio comparativo entre los ambientes, ambos ubicados en Misiones. Las conclusiones, que acaban de publicarse, aportan pistas a la investigación de diversos procesos ecológicos y evolutivos


A. guarani y A. adrianae son especies casi idénticas que habitan charcos cercanos. Sin embargo, diversos factores ambientales influyen para marcar diferencias profundas entre ellas. FOTOS: Gentileza investigador.
Martín Montes (izq.) y Jorge Barneche (der.) en el laboratorio del CEPAVE. FOTO: CONICET Fotografía/Rayelen Baridon.

Dos hábitats similares entre sí –charcos temporarios ubicados en la selva misionera–, y dos especies de peces estrechamente emparentados, pertenecientes al grupo conocido como killifishes o simplemente killis. Sin embargo, detrás de tantos parecidos, se revela una diferencia indiscutible que echa luz, a su vez, sobre todo un conjunto de profundas divergencias entre ecosistemas y relaciones biológicas. Estas novedades científicas son resultado de un análisis comparativo entre animales con y sin parásitos del que participa un equipo del CONICET La Plata y que fue publicado días atrás en la revista científica Parasitology International.

A poco de haber sido descubiertos, los peces Argolebias guarani y Argolebias adrianae, descriptos en 2023 y 2024 respectivamente, comenzaron a ser estudiados como posibles hospedadores de parásitos. Teniendo en cuenta que son dos especies “hermanas” dentro de los killis –grupo que se caracteriza por una gran capacidad de adaptación que les permite sobrevivir en ambientes acuáticos efímeros que se secan completamente durante una parte del año–, y que habitan en pequeños cuerpos de agua cercanos a las Cataratas del Iguazú, en la provincia de Misiones, lo esperable en dichos análisis era registrar la existencia de microorganismos similares. Pero no fue así.

“Mientras que dentro de uno de los peces encontramos diversas comunidades de parásitos, en el otro no apareció ni uno. Y eso es muy raro”, explica Martín Montes, investigador del CONICET en el Centro de Estudios Parasitológicos y de Vectores (CEPAVE, CONICET-UNLP-asociado a CICPBA) y autor del trabajo. La especie parasitada es A. guarani, habitante de un charco ubicado en la ciudad de Puerto Iguazú, mientras que A. adrianae, hallado en una acumulación de agua dentro del Parque Nacional Iguazú, está libre de este tipo de infecciones. Tamaña diferencia en dos peces casi idénticos llevó a pensar que la razón no estaría basada en susceptibilidades propias de los hospedadores sino más bien en los factores ambientales.

Los dos charcos son temporarios y se llenan cada año con las lluvias de otoño e invierno, para quedar completamente secos el resto del año. Los killis necesitan pasar sí o sí por un período de sequía en el que los adultos mueren y los huevos quedan depositados en la tierra para nacer con las lluvias siguientes, y así continuar el ciclo. Este ritmo de vida tan sincronizado con el ambiente les da el nombre de peces “anuales” o “estacionales”, y los convierte en excelentes modelos para estudiar procesos ecológicos y evolutivos. “Los parásitos, muchas veces ignorados en la percepción de la biodiversidad, constituyen un componente central de los ecosistemas, regulando poblaciones, conectando niveles tróficos y reflejando la estructura ambiental en la que se desarrollan”, señala Montes.

Sabiendo que el contraste en el patrón de parasitismo tenía que deberse a uno o más rasgos de los hábitats, el equipo de investigación –formado también por colegas de Salta, Misiones, Chile y Uruguay–, se concentró en el análisis de ambos espacios, distantes entre sí menos de 50 kilómetros. “El cuerpo de agua de Puerto Iguazú es más grande; tiene algunos kilómetros de largo y unos 500 metros de ancho contra los 4 o 5 metros del charco del parque nacional”, describe Jorge Barneche, técnico del CONICET en el CEPAVE y otro de los autores del trabajo. Precisamente, debido al tamaño, el primero también tiene una vida más larga, permaneciendo inundado unos seis o siete meses entre mayo y noviembre, mientras que el más chico tiene agua solo durante cuatro a seis semanas.

“El charco más grande, hogar de A. guarani, es abierto y complejo, con vegetación acuática, un arroyo cerca, y mayor conectividad potencial con otros organismos. Cuando tiene agua, es un paisaje que podría asemejarse a la Reserva Natural de Punta Lara”, detalle Montes, y continúa: “El pequeño, habitado por A. adrianae, está más aislado, sin otro cuerpo de agua en las inmediaciones y completamente sombreado por la vegetación selvática; prácticamente no se ve el cielo”. La principal diferencia que se desprende de estos aspectos es la fauna asociada a cada lugar: las evidencias indican que al charco grande llegarían fácilmente insectos, aves y reptiles como tortugas o culebras a alimentarse, mientras que el otro no presenta pruebas de la presencia ocasional de otras especies, lo cual se corresponde con las dificultades de accesibilidad del terreno circundante.

La inferencia de la presencia o no de otros animales se apoya en los parásitos encontrados en A. guarani: nematomorfos, es decir gusanos que parasitan artrópodos en su fase adulta; y larvas de cestodes proteocefálido y de trematodos, microorganismos que tienen ciclos de vida complejos y que involucran múltiples hospedadores, como aves piscívoras, reptiles o mamíferos. “En este contexto, la existencia o no de parásitos depende críticamente de que todos los eslabones del ciclo estén presentes y puedan interactuar para posibilitar la transmisión”, apunta el investigador. En el entorno habitado por A. adrianae, en cambio, nada indica que hasta allí lleguen otro tipo de animales, incluidos los registros de una cámara trampa que el grupo instaló durante una semana.

En conjunto, el trabajo muestra que los charcos temporarios, lejos de ser ambientes simples o marginales, albergan dinámicas ecológicas sofisticadas donde la estructura del hábitat determina no solo qué especies están presentes, sino también cómo interactúan. “Variables como el tamaño del espacio, la cobertura vegetal, la profundidad o la conectividad con otros sistemas pueden tener efectos profundos sobre procesos como la transmisión parasitaria”, enfatiza Montes, y agrega: “En este sentido, el estudio no solo amplía el conocimiento sobre la biología de los killifishes y sus parásitos, sino que también aporta una perspectiva más general sobre cómo el medio estructura la biodiversidad, poniendo de relieve una idea fundamental: para entender la vida, no basta con estudiar a los organismos en sí mismos; es necesario comprender el entramado de relaciones y condiciones que los rodea”.

Referencia bibliográfica:

Montes, M. M., Barneche, J., Alonso, F., Serra, W. S., Moncada, M., Theiller, M., Solari, A., & Reig Cardarella, G. (2026). Larval parasite occurrence in two killifish species, Argolebias guarani and Argolebias adrianae (Cyprinodontiformes: Rivulidae) inhabiting two ephemeral ponds. Parasitology International, 114, 103291. DOI https://doi.org/10.1016/j.parint.2026.103291

Por Mercedes Benialgo