CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES

Redes sociales milenarias: el mapa de las relaciones entre grupos humanos a partir de un valioso proyectil prehistórico

Un equipo de antropología del CONICET La Plata estudió el impacto del desarrollo y evolución de las puntas cola de pescado en el crecimiento y consolidación de las sociedades cazadoras recolectoras en Sudamérica hace más de 10 mil años


El equipo armó una base de datos con todos los registros publicados de puntas cola de pescado en Sudamérica: son alrededor de 600. FOTOS: CONICET FOTOGRAFÍA/Rayelen Baridon. 
De izq. a der.: Enrique Terranova, Laura Miotti y Lucía Magnin.
La mayoría de las puntas cola de pescado aparecieron en dos sitios arqueológicos "estrella": la meseta rionegrina de Somuncurá y el Cerro El Sombrero Cima, en el sistema de Tandilia.
El estudio se centra en la dimensión simbólica y social de la herramienta, más allá de su uso como proyectil.

La analogía es burda –lo saben– pero sirve para graficar un proceso complejo difícil de explicar. Si se piensa en la música, hasta comienzos del siglo XX la única forma de escucharla era en vivo, en presencia de las personas e instrumentos que la ejecutaban, lo cual implicaba un conocimiento muy local. Con el paso del tiempo y el surgimiento de los primeros discos, paulatinamente se fue haciendo posible su difusión a través de diferentes soportes y dispositivos, hasta llegar a nuestros días, en que los sonidos viajan de una punta a otra del planeta de manera inmediata y por medios intangibles. “Con la aparición de cada innovación tecnológica, la información se transmite ampliamente y cada vez más hacia nuevos lugares, dando lugar a fenómenos sociales antes impensados”, describe Laura Miotti, investigadora del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP) y primera autora de un estudio científico publicado recientemente en la revista PaleoAmerica.

Habla de la evolución de la música, pero solo para referirse al fenomenal proceso que reporta la mencionada investigación: el desarrollo y la consolidación de las sociedades humanas de hace más de 10 mil años y, con ello, la expansión de la colonización de diversos ámbitos en el actual territorio sudamericano. Todo, de la mano de un objeto material clave: las puntas cola de pescado (PCP), un proyectil de piedra muy particular y efectivo asociado a la caza de mamíferos que existió solamente en América del Sur, y que el trabajo científico define como “mucho más que un arma”. Junto a Miotti, participaron del estudio Lucía Magnin y Enrique Terranova, investigadora e investigador del CONICET también en la FCNyM, quienes hablan de estar probablemente frente a “la primera gran explosión cultural de Sudamérica en vincular un área tan extensa, porque otros materiales también han generado conexiones, pero a menor escala y de carácter mucho más regional”.

El principal insumo informativo sobre el que se basa el estudio científico es una extensa base de datos elaborada por el propio equipo con todos los registros de PCP encontradas en sitios arqueológicos –superficiales o estratigráficos, es decir, a nivel de distintas capas del suelo– publicados en revistas científicas. Desde Venezuela hasta el sur de Argentina, con excepción de Bolivia, Paraguay y Guayana Francesa, se enlistan casi 600 hallazgos provenientes de alrededor de 170 puntos geográficos, y cada uno de ellos con la indicación precisa de fecha y lugar, incluso citando errores de localización asociados a muchos de ellos. Aunque hay puntos “estrella”, que concentran una parte mayoritaria de estos materiales –como el sitio Amigo Oeste, en la meseta rionegrina de Somuncurá, y el Cerro El Sombrero Cima, en el sistema de Tandilia– el resto de emplazamientos está distribuido a lo largo y ancho de todo el subcontinente americano.

“Estas puntas son muy especiales porque solo se encuentran en el rango temporal de una transición Pleistoceno-Holoceno, es decir, entre 13.200 y 11 mil años de antigüedad, y porque tienen características particulares”, explica Terranova, y continúa: “No solamente su forma, que es como una cola de pez, sino también cuestiones tecnológicas del procedimiento para rebajar la pieza y darle precisamente ese formato. Una de las cualidades es que sean acanaladas al nivel de la base en una o ambas caras, algo que no todas presentan pero sí la mayoría, y que es un diseño muy propio de estas herramientas”. Una vez conformada la base de datos, el equipo confeccionó dos modelados teóricos, es decir representaciones hipotéticas de la accesibilidad topográfica a las distintas localizaciones de PCP y de las redes posibles entre ellas. La información introducida y vinculada para trazar estos modelos fue mucha y muy compleja.

“Además de los sitios geográficos y la densidad de registros arqueológicos de cada uno, los escenarios que estábamos reconstruyendo necesitaban datos del clima, de los ambientes, de los cambios de oscilaciones en el nivel del mar y por ende de las costas, de la disminución y extensión de los glaciares que se fueron dando en este período de tiempo”, apunta Magnin. El resultado fue un mapa de redes de más de 8 mil kilómetros de norte a sur que relaciona todos los puntos y que, aunque toma en cuenta las barreras geográficas reales, no representa caminos concretos que las personas hayan transitado físicamente, sino recorridos posibles para esos objetos, ideas y saberes que habrían conectado a los pobladores de cada región. “Se trata de un modelo de lo que sería una memoria social compartida en cuanto a las formas de hacer estas piezas, que son delicadas y complejas de confeccionar, y que por lo tanto hacen necesaria la existencia de artesanos o maestros que enseñen a otros y forjen ese sistema de conocimiento”, añade Miotti.

Con la transmisión de la tecnología de las PCP, sostienen los especialistas, lo que se conecta y comparte son las formas de vida de los grupos cazadores, y esa información se volvió fundamental para poder habitar lugares desconocidos, en un principio, y avanzar en la colonización de todo un continente, después. “Nuestra mirada involucra no sólo lo tecnológico y funcional, sino que profundiza además en los dominios sociales y simbólicos de los primeros americanos, y por eso es un enfoque novedoso. Analizamos múltiples dimensiones de estas armas más allá de lo que pudo haber sido en su momento una ventaja tecnológica para cazar presas”, señala Magnin, a lo que Terranova añade: “Hay información circulando, y eso hace que las poblaciones de ese entonces pasen de vivir en ocupaciones aisladas y con una noción individual del entorno, a conectarse con otros grupos cercanos y lejanos, y esto da lugar a una revitalización cultural profunda que sucede en un período de tiempo relativamente corto para todo lo que significó”.

Las poblaciones humanas de ese momento vivían de la caza, la recolección y, en algunos casos, también de la pesca y tenían, como estrategia de supervivencia, una tasa de natalidad muy baja, tal vez algo ventajoso teniendo en cuenta que se movilizaban a lo largo de miles de kilómetros adentrándose en ambientes totalmente desconocidos. “Estos grupos desplegaban permanentemente habilidades para ubicarse en el territorio, encontrar agua, conocer la flora y la fauna, obtener minerales para elaborar sus artefactos, todo en un ambiente inexplorado en el que cualquier eventualidad los podía desestabilizar. Es algo muy difícil de dimensionar para nuestra forma de vida actual, pero nos da una idea de que cualquier cambio debía comunicarse al resto del grupo, y luego a otros, y eso es puramente el factor humano”, puntualiza Miotti.

Retomando el ejemplo de los discos musicales, también las PCP como herramienta mostraron una rápida distribución, en clave arqueológica, en toda Sudamérica, lo cual indica que además de innovadoras, fueron eficientes. Sobre esto, Terranova explica que “cuando se ve una misma tecnología en dos sitios arqueológicos distantes entre sí, se puede deducir que a partir de ese objeto las poblaciones involucradas debieron estar en comunicación de una u otra forma, y directa o indirectamente sabían lo que estaba pasando en su entorno”. Minimización del riesgo es lo que ocurre a nivel de teoría del poblamiento, explican los expertos: “Conocer que hay otras personas que están haciendo lo mismo o algo parecido, indica que tenemos a quien acudir ante cualquier eventualidad, y esa posibilidad amplía las formas de colaboración entre humanos y reduce el riesgo de la exploración de nuevos territorios”, dicen para concluir.

Referencia bibliográfica:

Laura Miotti, Lucía Magnin & Enrique Terranova (06 Aug 2025): Practices,Places, and Roads in the Peopling Process of South American Settlement, PaleoAmerica, DOI: https://doi.org/10.1080/20555563.2025.2533616

Por Mercedes Benialgo